Humberto Mariles, militar mexicano y ganador de tres medallas olímpicas, tuvo una vida compleja.

Por Sergio Pérez Gavilán

Los éxitos de México en la historia moderna de los Juegos Olímpicos se ha convertido, lentamente, en un legado digno de orgullo para los mexicanos. Sin embargo, la historia del Teniente Humberto Mariles Cortés, es la más destacada y, tal vez, más representativa de nuestra historia.

Humberto Mariles Cortés fue el primer mexicano en ganar una medalla de oro, el único que se ha parado en el podio del primer lugar dos veces y, además, el único en dar tres medallas (una más de bronce) al país en la misma edición. Si esto no es suficiente, lo hizo en equitación con un caballo tuerto llamado Arete. Los Juegos en cuestión fueron los de Londres 1948, los primeras después de 12 años de guerra que detuvieron los juegos y en los que no participaron ni Alemania ni Japón debido a su papel “destacado” en la Segunda Guerra Mundial. Fue en ese mismo año que Mariles conoció al que sería su corcel, “Arete”, un equino que debido a una deficiencia orgánica fue perdiendo la vista del ojo izquierdo y que terminó por ser extirpado por completo. Sin embargo, el vigor y excelencia del animal enamoró por completo al general, y lo convenció de llevarlo a las Olimpiadas en vez de su ya entrenado y antiguo caballo “Resorte”.

Mariles (n. 13 de junio de 1913), oriundo de Parral, Chihuahua, ingresó a la escuela militar mexicana a los doce años, y destacó por su amor a la equitación. Progresivamente fue ganándose un lugar de alto mando dentro del ejército mexicano. Para la fecha de los Juegos Olímpicos ya era teniente coronel condecorado del ejército y tenía amplia experiencia en equitación. En el verano de 1948 Mariles partiría a Londres a hacer historia, sin embargo, no fue con la bendición del comandante en jefe del ejército mexicano, el presidente Miguel Alemán: en una conversación previa a la última gira que haría el equipo de equitación por Europa, a finales de febrero de dicho año, el presidente llamó a Mariles para decirle que el viaje estaba cancelado por el simple hecho de que no podrían ganar, y menos aún con un caballo discapacitado. Es importante añadir que Mariles tuvo toda su vida altercados con la autoridad y con varios de los políticos más importantes de su época, dentro de los cuales destacan el propio Miguel Alemán y los siguientes presidentes Adolfo López Mateos y Adolfo Ruiz Cortines.

Haciendo caso omiso a las órdenes del presidente, Mariles partió con el equipo a Europa. Llegando a Roma fue detenido por el embajador de Italia, Antonio Armendáriz, acusado de desacato, peculado y deserción, por lo que le suplicó su regreso a México lo antes posible, pero Mariles se negó y – debido a la buena relación que ya tenía con el embajador – se quedó a competir en las competencias celebradas en Roma. Incluso, después de varios días de éxito rotundo en el certamen, fue recibido junto con su equipo por el Papa Pío XII, quien los felicitó por su destacada participación.

Después de todo el éxito y furor los mexicanos fueron recibidos como héroes en el país e, incluso, se dice que Miguel Alemán llamó personalmente a Mariles para felicitarlo y decir que eran un orgullo para la nación; al parecer las antiguas acusaciones se habían borrado del registro. Las condecoraciones fueron muchas. Destaca una: el Auditorio Nacional: increíblemente, el legendario recinto de la CDMX no fue, en un principio, destinado para la producción y presentación cultural, ni siquiera para los miles de conciertos que Alejandro Fernández y Luis Miguel darían décadas después, sino que, “está relacionado más con la equitación que con la cultura. En 1948 el equipo ecuestre nacional hizo un papel brillante en los Juegos Olímpicos en Londres. […] Entusiasmando por el triunfo [obviamente], el entonces presidente Miguel Alemán donó los terrenos aledaños al Campo Marte para promover en ellos actividades ecuestres en un espacio techado. El proyecto incluía caballerizas, habitaciones para los caballerangos, un granero y un teatro principal. Los responsables fueron los arquitectos Fernando Parra Hernández, Fernando Beltrán Puga, Fernando Peña Castellanos y Óscar de Buen. La estructura de hierro remachado que se construyó fue erigida con la misma técnica empleada en la Torre Eiffel”, se puede leer en el sitio oficial del Auditorio Nacional. Desgraciada o afortunadamente, al momento de cambio de presidente, el proyecto tuvo un paro total después de un par de años de construcción y, finalmente, en la década de los 80 sería redirigido para albergar presentaciones culturales.

A su salida fue nuevamente querido por el pueblo mexicano y vitoreado una vez más como héroe de la nación, en un desfile en el Palacio de los Deportes, se marchó a París en noviembre de 1972 – supuestamente a ver la compra de unos caballos. Sin embargo, según la declaración de su hija, Virginia Mariles, el militar no mencionó el motivo; cito su testimonio aparecido en el libro Medallistas Olímpicos Mexicanos (1992): “Un día después, acaso dos de aquel desfile, mi padre recibió una orden del gobierno: trasladarse a París. Nunca nos dijo el motivo. La petición le disgustó porque mi hermana Alicia estaba por casarse en esos días pero como siempre, por lealtad a las instituciones y como todo militar, cumplió con el cometido que le habían encargado. La única condición que puso fue que el viaje fuera lo más corto posible. Salió, no lo recuerdo bien, el 23 o el 24 de noviembre; yo misma lo llevé al aeropuerto. Me prometió que regresaría a la brevedad. En París, mi padre se encontró con dos individuos en un restorán y comió con ellos. Después se sabría que éstos eran narcotraficantes y que al ser aprehendidos por la policía francesa y tras severos interrogatorios, comentaron que dentro de sus actividades anteriores habían estado con mi padre, en un lujoso restoran. Nos avisaron por teléfono que mi padre había sido detenido y después, el 6 de diciembre (1972), es decir a dos semanas de que había partido de México, a través de la embajada mexicana nos comunicaron que había fallecido a causa de un edema pulmonar”.

Es innegable que, hasta ahora, Humberto Mariles Cortés es el atleta mexicano más destacado en unos Juegos Olímpicos, solamente detrás en número de medallas del legendario clavadista Joaquín Capilla. Si bien es un personaje sumamente complejo, es una clara referencia de lo que se vivió en el país después de más de un siglo de guerras, caudillos militares e infinitas grillas de poder dentro del gobierno. Humberto Mariles es un personaje histórico no sólo por su hazaña en el deporte, sino por su persona conflictiva, aguerrida, violenta, pasional y misteriosa. Cualquiera que conozca la historia de este hombre no puede negarlo: el general Humberto Mariles Cortés fue, indudablemente, un mexicano.

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