Roberto Cadena Velázquez “El Duro”

La Impresionante Historia De Roberto Cadena Velázquez “El Duro” Un Pelotero Que Comenzo Su Historia Jugando En las Calles de Parral.

Uno de los mejores catchers amateurs mexicanos.

Nació en Parral el 17 de abril de 1945, procreado por Gilberto Cadena Chávez y Eva Velázquez Abasta, matrimonio que tenía su casa en la calle Independencia de la Capital del Mundo.

Pareja prolífera, además de Roberto, segundo de la estirpe, engendraron a José Guadalupe, Soledad, Margarito, Cruz Estela, Gilberto y Jesús. El jefe del hogar, natural de Camargo, fue muy emprendedor y tesonero, buscando de varias maneras el progreso personal y familiar.

Fue conductor de camiones madereros que hacían el lento y accidentado viaje de Parral hacia la sierra, socio de los autobuses pasajeros de la ruta a San Francisco del Oro, fabricante de acumuladores, dueño de un taller mecánico, de una gasolinera, de un yonke y de una granja donde criaba y engordaba pollos a base de alimento natural, no de hormonas, como los de hoy.

En la calle General Negrete, en la plazuela que está a espaldas de la iglesia de la Virgen del Rayo, Roberto empezó a jugar beisbol siguiendo los pasos de su hermano José Guadalupe, quien al ser requerido para integrarse a tal o cual equipo, sólo ponía una condición: que también invitaran a su carnal.

A falta de bate le pegaban a la pelota a puño cerrado y los partidos eran a tres bases: home, primera y segunda, pues lo angosto de las calles impedía que se formara el cuadro completo.

Las bolas eran de esponja, de hilo de media envueltas en cinta de tela de hilar, por eso el día en que su papá los sorprendió regalándoles un bate negro, una esférica de verdad y un guante a cada uno, se les abrió un horizonte deportivo más invitante y emocionante.

Su primer equipo más o menos organizado fue Super Relojes de México, patrocinada por Saúl Fierro, y el siguiente por el Ingeniero José Pacheco Loya.

En ambos cubría las paradas cortas, distinguiéndose ante todo por la potencia de su brazo: sacaba a la liebre más ligera.

Su sector era eminentemente beisbolero, lo mismo que barrios aledaños como El Ojito, la Calle del Pueblo y la Agustín Melgar, a donde iban a jugar con los Robles, los Sosa, los Palacio, los Moya, los Pérez, los Muñoz, los Payán, los Martínez, almáciga de donde brotarían peloteros como Enrique Guajiro Robles, el mundialista Pepe Sosa y el histórico Keki Pérez.

Cursó su educación primaria en el colegio particular Adelante, cercano al Parque del Niño, con la profesora Virginia Duarte, quien puso el cimiento de lo que habría de ser su vida dentro y fuera del deporte: higiene, puntualidad, disciplina, trabajo duro.

Todo iba bien, con su tiempo dividido entre estudio, deporte y convivencia hogareña, pero de pronto algo sucedió en el mundo de los adultos y de un día para otro se vio en la necesidad de abandonar su formación docente, entrando a trabajar en el taller de su tío Héctor Chávez Vázquez, donde aprendió los rudimentos de la mecánica, algo que de mucho le serviría en su futuro cercano.

Su Madre los mudo a Cd. Juarez, Una tarde que pasó por el Parque Borunda, que sólo estaba cercado con una malla ciclónica, vio que se estaba desarrollando un partido de beisbol y se coló a acordarse de sus felices días cuando jugaba en las calles y campos libres de Parral.

Atraído por el griterío de los muchachos, por el tronido de los bates, por las barridas y por todo lo que envuelve el ambiente beisbolero, se encaminó al dugout de los Tigres, que disputaban la victoria en la categoría Colt, liga afiliada a William Sports.

Se acercó hasta escuchar que el mánager, quien después sabría que se llamaba Panchito García, le decía a su coach que tenían que buscar refuerzos, porque no les estaba yendo nada bien.

Oír aquello y renacerle su afición fue un solo impulso.

De inmediato se ofreció, diciendo que sabía jugar “de todo”.

Ante los apuros que pasaban, fue aceptado, y a partir de ahí se le hizo costumbre sumarse a las prácticas después de sus faenas topográficas.

La misma selección, reforzada por el Zurdo Rafael García, fue a jugar a Parral, y en el Valente Chacón Baca obtuvo la corona del Estado, pasando luego al Nacional de Puebla, donde dirigida por Gustavo Chávez se quedó en el cuarto lugar.

Pero como el hombre propone y Dios dispone, un martes de entrenamiento su mánager le espetó una frase absolutamente inesperada, que ni en sueños: “Ponte los arreos, vas a cachar”.

Sin salir de su asombro, morado de coraje, no le quedó más que obedecer al darse cuenta que la cosa iba en serio, pues Juan Torres, hasta entonces titular, se había ido al profesionalismo a una sucursal de Los Diablos Rojos del México.

Se vistió, pero se abrochó mal las espinilleras, viendo un mundo raro a través de la careta. Para acabarla, el cruel Mauro le dijo que durante tres prácticas seguidas, a partir de ya, tendría que recibirle a siete lanzadores, a razón de 100 pitchadas por cabeza. El primer día terminó entumido, y con paso adolorido le fue a decir a su tío que ya se iba a Parral.

Éste le contestó que no se hiciera a un lado y que si al final decidía irse, que entonces platicarían.

Acabó la segunda jornada hecho garras y en la tercera, para su sorpresa, empezó a sentirse más o menos bien.

El domingo siguiente, después de esos tres días de martirio, llegó la hora del debut.

No lo esperaba.

Entró al dugout como de costumbre y, para su desconcierto, el Flaco Jáquez le dijo: “Órale, vas a jugar”. Aún creyendo que era una broma, se fijó en el line up y efectivamente ahí decía: Roberto Cadena, catcher.

Con la adrenalina que se apodera del organismo en la antesala del juego y con una poca más de práctica para ponerse los arreos, se vistió y saltó al campo, sintiendo que todo el mundo, empezando por sus compañeros, lo volteaban a ver como bicho raro. Llegó al plato y recibió el primer tiro de calentamiento, mismo que provenía del brazo derecho de Juan Palafox, lo cual vino en su ayuda, pues los disparos de éste, como siempre, fueron milimétricamente dirigidos al centro de su guante.

A la fecha considera a Juanito como el pitcher más controlado al que le recibió

Su brazo cañón, el poder de su bate, la manera en que dirigía a los pitcheres, la enjundia puesta en cada jugada, el ahínco en sus rutinas de entrenamiento, le abrieron un espacio insustituible en la alineación del trabuco algodonero.

Tiempo después sabría que su cambio del short al mascoteo había sido un plan maquiavélicamente tramado entre don Rogelio y Contreras, quienes sabían que ahí, en la potencia de su tiro, estaba el futuro catcher del DANSA.
Había sucedido que después de 15 días en su nueva posición, empezó a tomarle cariño, encontrándole el gusto al arte de intercambiar señas con el pitcher para recibir tal o cual lanzamiento, a tomar instrucciones de los coaches para tratar de dominar más fácilmente al bateador en turno, a soltar riflazos hacia segunda poniendo out al que se la quería robar, a celebrar con el cuadro cuando llegaba el ponche laboriosamente trabajado.

Al empezar el Regional de 1969 estaba nuevamente en Delicias, ya dueño absoluto de la receptoría del DANSA, con eventuales suplencias de Rogelio Lugo y Juan Enríquez. Ese mismo año acudió al Campeonato Mundial de República Dominicana, el cual fue conquistado por Cuba.

Ahí sucedió uno de esos eventos que tan seguido acontecen cuando aparece la enemiga número uno de los deportistas: la presión. En un juego eliminatorio ante los cubanos, gracias al hermético pitcheo del juarense Enrique Licón, en la quinta entrada iban ganando 5 a 0, pero de ahí en adelante no dieron una y sin que saliera la bola del cuadro, con puros nervios y errores, terminaron derrotados 6 por 5.

Sin descuidar su chamba, continuó en los parques de beisbol, en los que sumaría 15 Estatales en categoría Mayor, dos en Juveniles, 11 Nacionales, seis Internacionales, tres Mundiales, un Centroamericano y un Panamericano.

En los XI Juegos Centroamericanos y del Caribe Panamá 1970, como miembro del equipo nacional, se colgó la medalla de bronce, metal que iba a ser de plata, al terminar empatados en ganados y perdidos con República Dominicana, pero como en la fase eliminatoria habían perdido frente a este representativo, de acuerdo a las reglas, tuvieron que conformarse con el tercer lugar.

El 14 de enero de 1972 se casó con María de Lourdes Sáenz, quien le daría tres hijos: María de Lourdes, Angélica y Roberto Pablo, muchacho que ha seguido su huella deportiva destacando en beis y softbol desde niveles locales hasta internacionales.

En 1982, sudando la franela del John Deere y dirigido por Juan Palafox, dijo adiós como jugador, retirándose con la satisfacción de hacerlo como campeón regional.

Enamorado para siempre del deporte que jugara desde niño en las calles de Parral, no se quedó quieto e inició su trayectoria como mánager dirigiendo a la Academia de Beisbol Rogelio Torres Abasta, Mueblería Osollo, Anarco, Tractores Ford, Meoqui, Rosales, Super Liga y Delmar de Norte.

Fue entrenador de la selección Chihuahua en el Campeonato Nacional Juvenil de Matamoros, Tamaulipas, resultando subcampeones.

En 1997 dirigió a la selección Chihuahua en la Olimpiada Juvenil en el Distrito Federal.

Ha continuado entrenando y enseñando beisbol en categorías infantiles, juveniles y mayores, y hace 16 años que se desempeña como Asesor Técnico de la Subdirección de Programación y Control del Instituto Chihuahuense del Deporte y la Juventud.

Con paciencia, inteligencia y sabiduría, con toda la experiencia del mundo, algo que hace con un inmenso cariño, algo que lo hace recordar y añorar los días de triunfo en que su brazo y su bate eran la ley.

Créditos literarios.

Manuel Armendáriz Chávez.

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