George H.W. Bush, un hombre de béisbol

Jorge Morejón

A los 94 años de edad ha muerto George Herbert Walker Bush, el presidente número 41 de Estados Unidos.

Bush padre fue un hombre de béisbol, pasión que heredó de su padre y trasmitió a sus hijos.

Fue el primera base y capitán del equipo de la Universidad de Yale, que participó en la primera serie mundial colegial, disputada en Kalamazoo, Michigan, en 1947.

Como capitán le tocó en 1948 el honor de recibir en el home plate del estadio de Yale al mismísimo Babe Ruth, quien donó a la universidad el manuscrito de su autobiografía.

El Bambino le entregó en sus manos a Bush el histórico documento, que permanece en el archivo del reconocido centro de altos estudios.

El encuentro lo marcó para toda su vida, pues vio a su ídolo en el ocaso de su vida.”Estaba muriéndose. Estaba ronco y casi no podía hablar. Fue trágico. Estaba vacío. Su gran humanidad estaba demacrada y hueca”, recordó en una entrevista.

Durante su presidencia (1989-1993), en una gaveta de su escritorio en el Salón Oval, tenía guardado el guante que usaba en sus años colegiales, como recordatorio de lo que representa el béisbol, por su importancia del trabajo en equipo para lograr un objetivo común.

Se cuenta que era un gran defensor de la primera almohada, aunque nunca llegó a firmar como profesional.

“Un día de esos especiales en que había tenido un gran día a la ofensiva en un juego en Raleigh, Carolina del Norte…había pegado un sencillo, un doble y un triple en cinco turnos y se me acercó un scout cuando yo iba abandonando el terreno. Eso fue lo más cerca que estuve de ser profesional”, contó.

Bush fue, quizás junto a Dwight Eisenhower y Richard Nixon, uno de los tres presidentes más fanáticos al pasatiempo nacional de Estados Unidos.

Cuando los Senadores de Washington decidieron mudarse y convertirse en los actuales Mellizos de Minnesota en 1960, Eisenhower usó la influencia que le permitía su puesto en la Casa Blanca para convencer al entonces comisionado de las Grandes Ligas, Ford Frick, para que creara otra franquicia y evitara que la capital del país se quedara sin equipo.

Contaba Eisenhower que en su niñez, en un caliente verano en Kansas, se fue a pescar al río con un amigo y ambos se pusieron a hablar sobre lo que quisieran ser cuando fueran adultos.

“Yo le dije que quería convertirme en una estrella como Honus Wagner, un genuino profesional del béisbol; él me dijo que quería ser presidente de los Estados Unidos. Ninguno de los dos logramos nuestros sueños”.

Y cuando Nixon estaba en medio de la tormenta política de Watergate, que terminó por costarle el puesto, estaba siempre pendiente de los juegos de los Yankees de Nueva York.

Cuando Neil Armtrong, Buzz Aldrin y Michael Collins regresaron a la Tierra tras el viaje de la nave Apollo 11 a la Luna, Nixon preguntó si le habían informado a los astronautas del resultado del Juego de las Estrellas, disputado el 23 de julio en el RFK Stadium de Washington D.C.

Nixon era capaz de memorizar estadísticas y no se escondía para decir que hubiera preferido ser comentarista deportivo que dedicarse a la política.

“Porque de política no sé mucho, pero de béisbol sí”, afirmaba el controversial ex mandatario.

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