La nadadora Liliana Ibáñez, a la autoridad: “Si no me ayudan, no me pongan el pie”

Acostumbrada a luchar a contracorriente de las autoridades deportivas que la tildan de “no ser la mejor” de su especialidad, Liliana Ibáñez, la nadadora más rápida de México, desnuda la realidad del deporte que la apasiona: “La natación mexicana no existe, es un producto de las universidades estadunidenses”. En entrevista con Proceso, también revela cómo superó las crisis que ha padecido, habla de su sueño olímpico, Tokyo 2020, y pide a la Comisión Técnica de la Federación Mexicana de Natación –en particular al grupo que integra Nelson Vargas– que la dejen competir.   

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Liliana Ibáñez es la nadadora mexicana más rápida de la historia. Así lo demuestran sus marcas: posee cuatro récords absolutos nacionales en las pruebas de 50, 100 y 200 metros libres y en los 50 metros mariposa. Otros cinco registros en pruebas de relevos también le pertenecen.

En la alberca se esmera por mejorar su brazada, por enderezar su cadera chueca que le dejó una fractura de vértebras. En el día a día nada contra las inercias del deporte mexicano, esas que le gritan que no es la mejor.

2018 le dejó nueve medallas centroamericanas: cinco oros –ninguno en pruebas individuales–, una plata y tres bronces. En la Copa del Mundo de Curso Corto de Singapur finalizó entre las seis mejores. Ninguna medalla, pero en los 100 metros libres se apoderó del récord mexicano con 53.19 segundos. Es la primera mexicana en nadar esa distancia en menos de 54 segundos.

“Estoy muy lejos. Si haces un análisis realista y técnico, no voy a ganar una medalla olímpica, pero tampoco puedo no entrenar para exigirme algo que nunca he logrado. Por tratarse de medallas centroamericanas me desacreditan y no ven que nadé 16 veces en seis días, entre eliminatorias y finales.

“Si me quitas 12 pruebas y me dejas el 50 y 100 libres me hubiera ido mejor. Los oros de los cinco relevos cuentan, si quitas mis tiempos y pones a otra persona no se hubieran ganado, son el gasto energético que yo aporté. Yo cerré los relevos, incluso cuando íbamos perdiendo yo ayudé a ganar. Eso tiene que ser valorado”, reclama Ibáñez.

Durante más de siete años, desde que en 2010 se matriculó en la Universidad de Texas A&M, Liliana Ibáñez ha representado a México gracias a la infraestructura de su escuela: el entrenador Steve Bultman, las instalaciones, la comida, los suplementos alimenticios. Cada centavo salió de las arcas públicas texanas.

La Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte le otorga sólo una beca de 14 mil pesos mensuales y la Comisión de Deporte de Guanajuato, su estado natal, le da otros 9 mil.

“La natación mexicana no existe, es producto de las universiades de Estados Unidos. Ahora dicen que es el resultado de un excelente proyecto de planeación de los entrenadores mexicanos, lo cual no es cierto. La mayoría de las medallas centroamericanas se hicieron en el extranjero. No hay un entrenador nacional que haya creado un proyecto. Si no me ayudan, que no me pongan trabas”, exige.

Ibáñez se refiere a la Comisión Técnica de la Federación Mexicana de Natación (FMN), que encabeza Clementina Vidal. Un cuerpo de destacados, entre quienes se cuenta a Nelson Vargas, no aprobaron que la nadadora viajara a las Copas del Mundo de Curso Corto de Tokio y Singapur, en noviembre. Lo consideraron un gasto innecesario, además le dijeron que no cuenta con los méritos deportivos suficientes.

Ibáñez explica que ahí compitió contra campeonas olímpicas y mundiales, nadadoras de alto nivel cuyos entrenadores le dieron consejos sobre su técnica de braceo. Liliana Ibáñez es el centro de la discusión de la natación mexicana. Para ella su objetivo es calificar con marca A a los Juegos Olímpicos de Tokyo y estar en las finales de tres pruebas.

Fuera de Texas A&M, Ibáñez se hace cargo de todos sus gastos. Entrena con un permiso especial en sus instalaciones bajo el mando de Steve Bultman, quien jamás ha recibido ni un reconocimiento en México. Trabaja como mesera para pagar las cuentas.

“No me metan el pie. Para Tokyo les toca invertir todo lo que no han gastado en mí porque mi nivel me avala. Si no me mandan a las competencias, no tengo para pagarlo. Es una visión retrógrada decir que no tengo nivel cuando no hay nadie que me gane en México. Ellos no me conocen, no tienen mucho que aportar a la élite de la natación mexicana. A mí ellos no me van a hacer un plan para Tokyo porque ya está creado desde hace años por mi entrenador”, añade.

La pesadilla

La historia de Liliana Ibáñez en la natación comenzó a los dos años, cuando sus padres la inscribieron en una escuelita como el mejor seguro de vida para evitar accidentes. Hija única de un matrimonio radicado en Celaya, Ibáñez construyó una estructura de vida que sólo incluye estudiar y hacer deporte.

Desde muy pequeña practicó gimnasia, basquetbol y futbol, en este último deporte destacó como una extraordinaria goleadora, pero sin tener la capacidad para jugar partidos completos porque su físico no le alcanza para disciplinas de resistencia.

El mundo de Ibáñez se centró durante años en la natación en Guanajuato. Su objetivo era ser la mejor del estado, ganarle a las hermanas Escobar y estar a la par de los hermanos Jacobo. Todos ellos se contaban entre los mejores de México.

Nada sabía de las medallas olímpicas de El Tibio Muñoz ni de Maritere Ramírez, tampoco de la estructura mundial del deporte. A sus primeros Juegos Centroamericanos (Cartagena 2006) llegó con un esguince en uno de sus tobillos, causado en un partido de futbol. No entendió que participó en la primera competencia del ciclo olímpico. No supo qué son los Juegos Olímpicos hasta que cumplió 16 años. La natación nunca fue un futuro, no era más que una simple actividad.

La vida de Liliana Ibáñez tuvo una vuelta de tuerca en 2009. Los hermanos Jacobo, estudiantes de Texas A&M, le platicaron al entrenador Steve Bultman de una niña guanajuatense con grandes aptitudes. Bultman viajó a Tijuana donde ese año se realizó el selectivo para el Campeonato Mundial de Roma.

Vio ahí a Ibáñez colgarse seis oros en las pruebas de 50, 100, 200, 400 y 800 metros libres y también en los 50 y 100 metros mariposa. Nadó los 50 libres en 25.70 segundos, se trataba de un tiempazo para una atleta de 17 años.

Buscadores de talento de las universidades de California, Auburn, Idaho, Arizona, Arizona State, entre otras, ofrecieron becarla. A todos les dijo que no. La nadadora soñaba con estudiar en el Tecnológico de Monterrey.

Pero Steve Bultman no se rindió. Durante meses, todos los domingos a las ocho de la noche le llamaba a su casa. Él dejó de insistir en becarla. Le preguntaba a Liliana cómo estaba su semana, cómo iba con sus tiempos; se interesaba en su salud física y emocional. En enero de 2010 le pidió como un favor que viajara para conocer las instalaciones de Texas A&M.

La atleta accedió en agradecimiento por el tiempo que le dedicaba, pero con la advertencia de que no habría manera de que se quedara a estudiar allá.

Ibáñez tomó un avión hacia College Station, el pequeño poblado en medio de Texas donde conoció la alberca más bonita que había visto. Supo que el sistema de la National Collegiate Athletic Association (NCAA) es idóneo para deportistas, toda la estructura está creada para que obtengan los mejores resultados deportivos y académicos.

Le ofrecieron una beca completa que incluía las comidas, el hospedaje y todo lo que necesitara para entrenar y, por si fuera poco, que estudiara la carrera de arquitectura con especialidad en planeación urbana que la enamoró.

La deportista regresó a su casa resuelta a hacer las maletas y marcharse. Bultman le prometió ayudarla a convertirse en atleta olímpica. Su mamá se lo prohibió. Su padre la alentó. Acababa de cumplir 18 años y firmó una carta compromiso que mandó a la universidad para avisarle que aceptaba la oferta.

Además de la doble jornada de entrenamiento en la alberca, tres veces a la semana iba al gimnasio de pesas. Su cuerpo se transformó. Sus delgados brazos y piernas ganaron masa muscular. Sus tiempos mejoraron significativamente. Liliana Ibáñez caminaba rumbo a Londres 2012 cuando en octubre de 2011 se accidentó. Montó su bicicleta rumbo al gimnasio de pesas. Descendió a toda velocidad en un puente donde se impactó contra un muchacho que también iba pedaleando.

Sin frenos en su bicicleta, la mexicana se impactó de frente. Salió disparada y cayó en el pavimento con su mochila en la espalda. Cuando quiso pararse sintió un jalón en la pierna que le dejó desvanecida y con el terror de sentir que no se podía mover.

El diagnóstico médico fue: la cuarta, quinta y sexta vértebras estaban fracturadas, contusiones internas y mandíbula rota. Se descartó la cirugía porque la obligaba a pasar en cama cerca de un año. En su intención de tratar de calificar a los Juegos Olímpicos aceptó irse a su dormitorio escolar a acostarse durante cuatro meses hasta que su espalda soldara.

“Estaba rota. Nunca pensé en ir a Londres a ganar una medalla, yo sólo quería ir. El doctor me dijo olvídate de los Juegos Olímpicos, olvídate de nadar, piensa que eres afortonada por volver a caminar. Estuve, literalmente, en mi cuarto, deprimida, enojada, culpándome por mi destino o por mi irresponsabilidad de no ponerle frenos a la bicicleta.

“Tuve ayuda psicológica y en cuanto pude caminar empecé a ir a la alberca todos los días a ver a mis compañeras nadar. Era como una autotortura, pero eso me dio ánimos de volver a nadar.”

Recuerda que cuando volvió a la alberca quería nadar distancias largas, pero la cuidaron mucho. “La universidad tenía miedo de que me lesionara. Empecé a nadar a finales de febrero de 2012. Lo razonable era que no iba a clasificar, pero con sólo tres meses de entrenamiento, después de una fractura de columna vertebral, pude calificar”, cuenta.

En el Gran Prix de Santa Clara, California, Ibáñez dio el tiempo: 2:00.30 minutos en los 200 metros libres. “No te puedo decir cómo lo logré, pero esa fue mi victoria, esa fue mi medalla olímpica”.

Los Juegos Olímpicos de Río 2016 representaban una revancha deportiva. Con las vértebras reparadas, pero chuecas, y un desbalance en la cadera que tiene que corregir con ejercicios especiales, Ibáñez comenzó un nuevo ciclo olímpico.

En 2015 se perdió el Campeonato Mundial en Kazán por un error administrativo de la Federación Mexicana de Natación que alteró los tiempos de los nadadores mexicanos al momento de inscribirlos. En los Juegos Panamericanos de aquel año, en Toronto, tampoco pudo clasificar.

Finalmente en una competencia de bajo nivel, en San Antonio, cronometró 25.23 segundos en los 50 metros libres. Fue la única nadadora mexicana que dio la marca A para Río 2016. Ese día se cortó el cabello como si fuera un niño. Pensó en el peso de su pelo mojado.

“Me valió madres la natación”

Cuatro años de entrenamientos desgastantes. Meses de trabajo e intenso esfuerzo. En Río 2016, Liliana Ibáñez nadó los 50 metros libres en 25 segundos. Cuando sacó la cara de la alberca y vio el tablero supo que no calificó a las semifinales y que su sueño olímpico se había acabado.

“Me salí de la alberca y me encontré a un entrenador de Auburn. Me abrazó y empecé a llorar con él. Yo me veía claramente en la semifinal y en la final. Sentí que se me acabó la vida. Se me acabaron los Juegos Olímpicos en 25 segundos. Aún no entiendo qué pasó.”

En 2017 llegaron las consecuencias de la decepción. “Me valió madres la natación”, suelta. Ibáñez no quería volver a nadar. Engordó. Hizo lo que quiso. Dejó de entrenar. “Cuando te hablo de la depresión por la fractura no fue ni de cerca del tamaño de la depresión de 2017. Llegué a Celaya y todos me decían bien hecho, me aplaudían la derrota. No podía respirar. No aceptaba lo que pasaba”.

Regresó a la universidad y se desentendió de la maestría que, prácticamente, Texas A&M le estaba regalando. Subió 13 kilos. Le dijo a Bultman que ya no quería nadar porque dejó de disfrutarlo. Se convirtió en una persona sedentaria y sin motivo para vivir. Se hundió en un hoyo profundo.

“Reaccioné hasta que volví a nadar. Toqué fondo. Me hundí completamente hasta que una de mis mejores amigas me habló y me dijo en diciembre de 2016 que me fuera a Los Ángeles donde podía entrenar. Ahí fue peor. Nunca entrené, pero me invitaron al Gran Prix de Santa Clara en abril de 2017. Nadé horrible, rompí tres trajes de baño de lo gorda que estaba. Me di cuenta que estaba muy mal cuando salí a nadar con el traje de baño roto y que mi entrenador se metió al baño a subirme el traje porque no me quedaba.”

En el Mundial de Budapest 2017 Ibáñez se estrelló otra vez con la derrota. Con marcas B viajó a participar en los 50 y 100 metros libres. No había entrenado pero clasificó sólo porque nadie en México tuvo mejores tiempos que ella.

Después de nadar los 100 metros libres salió de la alberca sofocándose. Mareada, con náuseas, corrió al baño a vomitar. Le faltaba el aire. Se desmayó en los vestidores. Se la llevaron a un hospital donde pasó la noche conectada a un suero. El desgaste físico la aniquiló. “Hice 57 segundos, lo mismo que hacía a los 14 años. Ahí me di cuenta que me estaba traicionando a mí misma. Me sentía muy cansada. Me dijeron: ‘Mañana no nadas’. Pero sí nadé, hice 25.90 segundos en el 50 libres, fue más de corazón . Dije: ‘En mi vida vuelvo a ir a una competencia sin estar preparada’. Todos pensaron: ‘Ya se acabó Liliana Ibañez. ¿Quién sigue?’”.

Relata que Steve sintió tristeza y decepción al verla así. “Antes de mi prueba de 50 estaba sentado a mi lado. Él nunca nos da agua, para eso hay un aguador.  En los siete años que he estado con él jamás había visto que le diera agua a nadie. Ese día me dio a mí. Pensé: ‘Este hombre sabe que necesito ayuda’. En un año de trabajo con él, me limpió’”.

En su camino a Tokyo 2020, Liliana Ibáñez cambió su preparación física. Ahora entrena como lo haría una atleta de salto triple. Sabe que debe corregir sus debilidades: las vueltas y las salidas son su talón de Aquiles. Debe mejorar su patada y la velocidad de su brazada con la que recorre 1.83 metros. Su objetivo es avanzar dos. Debe aprender a “agarrar” el agua. Necesita que cada gramo de masa muscular se traduzca en potencia.

Su cadera desbalanceada es un hándicap. Está obligada a esforzarse tres veces más que cualquier otra nadadora. Su espalda está chueca. Se le inflaman los músculos del lado derecho más que los del lado izquierdo. Su objetivo es nadar mejor y bajar sus tiempos. Mantener la voluntad de alcanzar el éxito es el motor que la empuja.

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