Pipo El Sordo 11 Mayo 2019

Pipo El Sordo 11 Mayo 2019

Ricardo Urquidi

Son las siete y media de la noche, Pipo El Sordo está inquieto, bailando nerviosamente sobre sus talones en un palmo de banqueta, está esperando que Valentina salga del trabajo para luego ir a la Guillermo Baca a tomar el camión que los lleve al Gimnasio Parral, donde está el festejo del Día de las Madres, teniendo como invitados a Armando Manzanero, Francisco Céspedes y Yuriria.

Sabe muy bien que su hora de salida es a las ocho, pero aun así su impaciencia lo rebasa, por fin de entre la puerta del negocio sale la figura de su amada y sin decir palabra salen rápidos y ansiosos a la que un día fuera la Plaza Porfirio Díaz, después de media hora llegan y caminando desde la Avenida Niños Héroes, ven la multitud de autos, fiel muestra de la aglomeración que existe en esos momentos por ver a los artistas completamente gratis y además con la esperanza de ganarse un auto.

Arriba de su vista ven los reflectores del Estadio Parral sobre otra multitud que disfruta del rey de los deportes: “Que locura… esto es un mar de gente!”, comenta Valentina, en eso oyen el rugir del monstruo de mil cabezas, los dos se imaginan que los Mineros están anotando una carrera o uno de sus peloteros ha conectando de hit, ese ruido los hace imaginar de lo que se han perdido del concierto del yucateco y cubano, por lo que aumentan el ritmo de su caminar.

Al llegar hay gente afuera que ni entra y lo único que hace es estorbar, Pipo agarra de la mano a Valentina y como hormiguitas en un laberinto de túneles, se escabullen entre la gente hasta tener a la vista el escenario, con esa voz inconfundible oyen:

“Somos novios
pues los dos sentimos
mutuo amor profundo
y con eso ya ganamos
lo mas grande de este mundo”

Valentina aprieta la mano de Pipo, tratando de trasmitirle su emoción por el momento que están viviendo, a su derecha esta una señora que aparenta o tiene cincuenta años extasiada, en plena comunión con el momento, Pipo le pica las costillas a su compañera para que vea el rictus de emoción de ella, Valentina se asombra, cualquiera pensaría que le está dando un ataque epiléptico o un infarto, pero no está escuchando al más grande compositor romántico que ha dado México, de la talla de Agustín Lara.

Cuando concluye la canción los más de cinco mil asistentes que abarrotan hasta el último espacio del inmueble, se levantan y cimbran con sus aplausos el suelo de los Linderos, Pipo cariñosamente le asesta un beso en la mejilla a Valentina, toda la espera, toda la expectación que tenían en torno al evento se ha cumplido a cabalidad, Manzanero como una costumbre se pierde entre sus versos, el tiempo y el espacio no importan, solo la bohemia de lo que significa el bolero mexicano.

Al termino de la serenata a las madres parralenses, la gente que está en las gradas no quiere salirse, tal vez perpetuando lo que acaban de vivir, en contra parte Pipo y Valentina son empujados por los que ya tienen más de tres horas parados, sin desearlo son invitados a salir para apresurar el regreso a casa que se antoja difícil y lento, al bajar los escalones Pipo invita: “Vamos al beis!”, a Valentina se le iluminan los ojos ante la ocurrencia de Pipo, “Si Vamos!”.

 

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