Incógnita desesperante

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Incógnita desesperante

La Pera del Olmo

Ricardo Urquidi

El partido está cerrado, se encuentra en plena agonía o en vísperas de que un moribundo recupere la vertical, el equipo visitante está ganando por tan solo una carrera, en las gradas de madera, erosionadas por el tiempo que a punta de foules la ha castigado a tal grado que su carne florece sobre una pintura que ya vio sus mejores días, ahí los fanáticos quieren impulsar con sus brazos que se agitan a sus ídolos, desean que los hombres que están en segunda y primera lleguen a la tierra prometida y así ganar el duelo en el atardecer.

En lo más alto de las gradas, tratando de pasar desapercibido, el anotador oficial está observando las incidencias del partido, tiene ante sí una tabla para apoyar las hojas que delatan la historia del partido, tres plumas: una negra, una roja para los ponches y una azul, en el transcurso no ha tenido problema algún, afortunadamente a pesar de ser una liga amateur, los peloteros traen número, por los que previa alineación puede distinguir los cambios sin dificultad.

El bateador en turno, se concentra tiene una cuenta favorable de dos bolas y un strike,  su sexto sentido le dice que su rival en el montículo va a venir con recta a la esquina de adentro y en base a su intuición se prepara, al impulsar su pie izquierdo iniciando su wind up, el pitcher con la punta de su pie, simula elevar una plegaria para que el lanzamiento llegue a la mascota del receptor luego de engañar al bat, al romper el viento Doña Blanca encuentra madera de maple sólida que busca el callejón entre el derecho y el central, los fanáticos en las gradas se levantan de sus asientos tratando de alejar a la pelota de cualquier guante contrario.

Al fin la esférica levanta tierra y el rehilete de  pies se ve por todos los senderos, el corredor de segunda cruza la tercera rumbo a la tierra prometida, el central sabe muy bien lo que está en juego y trata de cortar la línea para evitar que el de primera se atreva a irse a home, el manager del equipo local en su cajón ve doblar por la segunda a su esperanza, trata de ver a los dos: central y corredor para decidirse si lo manda o no, sabe muy bien que el juego ya está empatado y una más dejan en el terreno al rival para asegurar el triunfo.

A medio camino, el jardinero por fin tiene posesión de la pelota y se alista para preparar la  bazuca, el manager en cuestión de milésimas de segundo tiene que tomar una decisión: “si lo mando puede ser out en home gracias a un tiro certero, si así lo fuera”, piensa: “tengo una oportunidad más con hombre en segunda y con dos outs”, agitando las manos se arriesga: “preferible que me critiquen por ser agresivo y no por tímido”.

Al doblar el corredor por tercera, de la mano del central sale el disparo de unos setenta metros, la carrera inicia, uno surcando la bendita tierra, otra abriéndose paso en contra del viento, la fanaticada se queda con la boca abierta, los segundos se convierten en horas, el hombre de azul se prepara, quiere tener el mejor angulo para no tener duda de lo que va a cantar, el primera base del equipo rival sabe que de nada le sirve irse al montículo para cortar y evitar que el corredor se vaya a segunda, la jugada está en el pentágono…

Los Mineros de Parral inician una gira por demás angustiante por la Perla del Conchos, la serie ya es de cinco juegos a ganar tres, los Mazorqueros tienen ventaja casera, los Mineros van por dos, sin saber que ya perdieron tres en el Alonso Ronquillo, los temores son más que la serenidad que podamos mostrar bajo una amplia sonrisa nerviosa, lo único que si es cierto es que Parral es Parral y este equipo tiene mucho diamante galopado, ojala y podamos ganar dos, para regresar tranquilos, sin insomnio.

 

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