Pipo El Sordo 22 Diciembre 2017

Pipo El Sordo 22 Diciembre 2017

Ricardo Urquidi

Al término de su recorrido diario y ya con pocos ejemplares en la mano, Pipo El Sordo regresa a El Sol de Parral a liquidar sus ventas, con atención se detiene a la altura de las que fueran las instalaciones del Correo de Parral y observa el Edificio Estatal solo, no hay en este día clientes potenciales para sus ventas diarias.

Al llegar a la esquina de la 20 de Noviembre y Colegio, está un niño llorando, se llama Natividad, su Padre de nombre: Noelio, trata de consolarlo: “Hijo Santa no puede  traerte todo lo que quieras, tienes que escoger un regalo, nada más”, “Entonces Santa no existe, si no me trae lo que pido, Santa no existe”, contesta el niño, encaprichado a que se satisfagan sus deseos, “Claro que existe, pero tú no eres el único niño que hay en el mundo, si tu pides dos regalos a Santa, le estas quitando un regalo a otro niño”.

Natividad de escasos diez años, como todo infante moderno quiere un nintendo portátil,  además quiere una tabla o Ipod, Noelio al ver los precios se fue para atrás como Condorito, solo para ajustarse el cinturón y tratar de convencer a su hijo, de que solo puede escoger uno, sus ingresos son modestos y no puede concentrar todo su aguinaldo en Natividad, además hay que comprar los regalos de sus esposa y demás hijos.

Noelio enfrenta un dilema, no tan solo comprarle un solo regalo a su hijo, también se cuestiona así mismo, comprarle tal tecnología, sabe muy bien que de hacerlo, su hijo permanecerá varias horas diarias jugando, absorto en su entretenimiento, olvidando la bicicleta, el guante de beisbol, el turista, la lotería, el trompo, el balero, el carro de baleros, aquellos juegos que a él le regalaron cuando era un pequeño.

Se acuerda de los ponches, los buñuelos, la pierna de puerco, el pavo, de las oraciones en torno al nacimiento, de cantar los regalos de cada uno, ahora solo vive la frialdad de una pantalla y un niño tratando de dominar un juego que solo ejercita los dedos y los vuelve autómatas.

En ese mar de recuerdos, Natividad lo rescata: “Papa yo quiero la tabla y el nintendo, si no que Santa no me traiga nada”, agarrando cordura, pensando muy bien las palabras que va a decir, Noelio sentencia: “Muy bien, como Santa no puede traerte dos regalos, y tú te estas portando muy mal, no te va a traer nada… y vámonos para la casa, ya estuvo bueno de tantas chipleadas”, el niño atónito por lo que está oyendo, empieza a llorar como loco, se tira en el suelo, su Padre quiere levantarlo, pero Natividad se aferra al piso como si fuera un chicle.

La gente que pasa, entra y sale de la tienda, ve con desagrado la escena, Noelio tratando de no llamar la atención, agarra de las piernas y espalda a su hijo y sale rumbo a la Plazuela Morelos, donde estaciono su automóvil, Pipo a la distancia ve como se aleja, con un niño pataleando para tratar de zafarse de su Padre.

Al verlos desaparecer sobre la esquina, Pipo, reflexiona sobre lo que acaba de ver, en su vida Santa jamás le trajo cosas materiales, cuando era un pequeño y en la escuela con los amigos, se escribía las cartas a Santa, en la soledad de sus limitaciones, solo le pedía a Santa, salud para su Padres, al crecer y convertirse en un adulto, siempre bajo el espíritu, noble y humilde del niño que todos llevamos dentro, siempre lo único que pedía a Santa, era salud para sus Padres y siempre al estar reunidos los tres en torno a la cena de navidad, al empezar a comer el primer bocado, le daba gracias a Dios por seguir disfrutando a esos dos seres maravillosos que le dieron la vida.

 

 

 

 

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