Pipo El Sordo

Pipo El Sordo 6 Mayo 2018

Ricardo Urquidi

Pipo El Sordo esta acostado, el atardecer rojizo ya se ha ido, despidiéndose de unas nubes que en sus pompas de algodón, dibujaban por el horizonte de Parral su paso fortuito sin rociar sobre la tierra árida su manto de agua, la vista de Pipo esta fija en el techo de su casa, unas láminas protegen a su vivienda de las inclemencias, a lo lejos le llega el susurro de la conversación que sostienen su Padre y Valentina, el cansancio lo ha hecho guardar reposo mientras su esposa prepara la cena.

Sus pestañas son dos cerrojos intermitentes que lo obligan a cerrar y abrir los ojos, en una lucha desesperada por ganar el sueño o reprimirlo por unos momentos, si bien el abatimiento  esta presente todavía no está listo para ser presa de Morfeo y se concentra en descansar, en ese devenir la llamada a cena lo levanta de la cama como un pistón al sentir la combustión de un estomago que pide a gritos abastecimiento, Pipo luego de lavarse las manos llega a la mesa en donde encuentra unos riquísimos frijoles aderezados con chorizo, tortillas de harina, salsa de chile de árbol y un café.

Don Lupe quieto como la edad de un sexagenario toma la palabra: “Cuando me van a dar un nieto?”, la pregunta le da una cachetada a la somnolencia de Pipo, Valentina también tarda en reaccionar ante prácticamente la orden del Patriarca, “No me quiero morir sin conocer a mis nietos”, agrega Don Lupe, Pipo que luego de los momentos que parecieron segundos, sin darle tiempo de reaccionar ante una situación por demás comprometedora, no encuentra las palabras para responder, afortunadamente Valentina lo salva: “Don Lupe, Pedro y Yo ya hemos hablado de tener familia y por el momento nos queremos esperar”, Don Lupe mueve la cabeza en señal de desaprobación.

La cena se vuelve un silencio, Don Lupe sabe que no tiene argumentos para pedir que cambie de opinión, sabe que en su oportunidad el mismo dudo en ser Padre y ahora, quiere, desea pasar sus últimos años, viendo la sangre de sus genes correr tras de una pelota, dibujar en las mejillas de un niño o niña, sus huellas cálidas y trasmitir todo el amor que un Abuelo puede dar, Pipo lo ve, no necesita meterse a la mente de su Padre para saber lo que está pensando, lo que los tres que están en la humilde casa añoran desean, alguien que los saque de la rutina, alguien quien con sus llantos en la noche bendiga la casa, alguien que empiece otra vez el ciclo de la vida y vuelva a darle cuerda a los relojes de la familia.

Valentina no es sumisa pero sabe muy bien que si expresa su deseo de ser Madre, va a meter a Pipo en un problema con su Padre, prefiere la prudencia, como buena fémina, sabe que ella manda en casa, pero no hay que forzar la decisión, en su interior se ha resignado a que el Bebe que tanto añora va a llegar justo a tiempo, ni un día menos ni un día de mas, así pasa la cena, pareciera que todo mundo está platicando en voz alta, dando sus razones, no hay necesidad de explicarlo con voz y sentimiento, hay en la atmosfera la ausencia de un ser que falta, un complemento irremediable en la vida de dos seres que se quieren y han inundado de su pasión por la vida a los seres que los rodean y ellos piden a gritos que esa unión de frutos.

Luego de cenar, Pipo ayuda a lavar los platos, lleva a su Padre a su habitación, con cariño lo ayuda a quitarse las botas de trabajo que durante toda su vida han sido parte de su indumentaria, no hay necesidad de palabras, hay una especie de osmosis entre ellos, Pipo siente que le falta aire y sale a que le pegue el viento en la cara, sus meditaciones solo tienen un fin y él lo sabe mejor que nadie, sabe que sus Padres no dudaron ni un instante ante el reto que Dios les había puesto en el camino, ahora tiene que dejar sus miedos y enfrentar el futuro, es hora del primogénito, cuando llega a su recamara, ya está Valentina acostada, esplendida como siempre, Pipo la acaricia empezando por sus frente para pasar a sus mejillas, suavemente roza sus labios, como un cómplice le susurra al oído: “Ya estoy listo para ser Papa”, bajo el más absoluto silencio hacen el amor.

 

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