Pipo El Sordo 10 Diciembre 2016

encendido

Pipo El Sordo 10 Diciembre 2016

Ricardo Urquidi

Pipo El Sordo y Valentina en una clara señal de frio que los aqueja, se frotan las manos, generando calor, al ver las mejillas rojas de su novia, Pipo le invita un café antes de dirigirse a la Plaza Principal a presenciar el encendido del árbol navideño, La futura esposa con gusto acepta la propuesta buscando un local para satisfacer el calor que demanda su cuerpo, al sentarse, Valentina aprovecha: “Ayer habló mi Tía Wulfilda, mi Madrina de confirmación y va a venir a la boda”, festeja la futura esposa, Pipo abrumado por los preparativos de su futuro enlace solo asiente pero por dentro está más que nervioso, nunca se imaginó que casarse fuera tan difícil, aun antes de la ceremonia ya había asimilado que la fiesta es para todos menos para los novios.

Afortunadamente para Pipo , Valentina no había cedido ante las presiones familiares de celebrar la boda en un Salón, pero había tenido que ceder para que se realizara el 24 de Diciembre en su casa, aprovechando la más antigua tradición de reunión de la familia mexicana: la natividad de Jesús, sin embargo esa razón no había disminuido la intención de todos los familiares de Valentina para aportar su granito de arena, ya estaban comprometido para la cena: carne de venado, un borrego, pavo, música, vino, cerveza, Pipo desde antes de estampar su huella en el acta de matrimonio, ya había empezado a consentir ante el embate femenino, ante el matriarcado que se avecinaba.

“Esto es la locura… a mi Papa ya no le queda el traje que tenía y que crees?… se quiere comprar un smoking… ya le dije que no, te imaginas a mi Papa, de etiqueta va a parecer un pingüino con esa panzota que tiene!”, los dos sueltan la carcajada, el líquido cálido está provocando una confianza que se desahoga en la plática, “Mi Papa al contrario, quiere ir de mezclilla… es la única ropa que conoce, jamás se ha puesto un saco, una corbata… voy a tener que comprarle un pantalón, una camisa… pero anda como un niño, cuando llego a la casa la única platica que tiene es la boda… anda como pirinola, arreglando la casa, el cuarto de nosotros ya lo pinto, se le ven en los ojos una alegría que hacía tiempo no la veía”.

Ya más calientitos se dirigen al zócalo parralense, en el pedestal donde antiguamente estaba la estatua del descubridor de la antigua Vizcaya: Juan Rangel de Biezma, está un flamante árbol navideño nuevo que sustituye al antiguo con 18 años de existencia, los chiquitines corren alrededor de la plaza encontrándose unos a otros, recordando aquella costumbre de los parralenses, donde los caballeros entregaban una gardenia en señal de cortejo a las damas tratando de capturar una mirada de la persona amada.

Pipo y Valentina cruzan la calle y se sientan en las bancas exteriores de San José a un lado del sitio de taxis, tienen una magnifica perspectiva de lo que preparan las autoridades, los destellos de plata que surgen del encuentro de luces que convergen en el árbol, dan una sensación de alegría, de buena fibra, los novios quedan en silencio, viendo en los chiquillos un futuro en su proyecto de vida: “ Cuantos hijos vamos a tener Pedro?”, Pipo se sobresalta por la pregunta espontanea, cargada de amor, no es nueva para él, en varias ocasiones ya se la había preguntado y tiene la respuesta: “Uno”, Valentina al escucharlo expresa su inconformidad, “Vamos a tener mínimo tres”, “Y qué calidad de vida les vas dar… es preferible tener uno y darle educación, ropa que tener tres y no poder darles lo más elemental”, “Se más positivo, Dios nos va ayudar”, “No podemos dejarle a Dios responsabilidades que a los humanos nos toca”, con mucha cautela Pipo contesta, no quiere llevar al terreno de las discusiones ese tema, lo que tienen enfrente es para disfrutarlo,  “ Pues con mi trabajo y el tuyo, vamos a hacer todo lo posible por tener tres”, Pipo ya no quiere alegar: “El tiempo y solo el tiempo nos va responder muchas preguntas, no comas ansias”.

 

 

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