Diego del Real: La pensante máquina de arrojar martillos

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Por Beatris Pereyra

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- A Diego del Real se le escapó el bronce olímpico en su último lanzamiento. El martillo sólo recorrió 76.05 metros. En la pizarra del estadio de atletismo de Río de Janeiro aparecieron los tres medallistas: Dilshod Nazarov, de Tayikistán, con 78.68 metros; Iván Tsikhan, de Bielorrusia, con 77.79, y Wojcieh Nowicki, de Polonia, con 77.73.

En el cuarto sitio se ubicó el mexicano de 22 años, que en su debut olímpico se convirtió en el latinoamericano con el mejor resultado en esta prueba. La algarabía de la delegación mexicana en las gradas no lo invadió. Ni durante ni después de la competencia.

“Yo no fui a unos Juegos Olímpicos a sentir. No me entrené para eso. Si me hubiera dedicado a sentir, me hubiera perdido en la presión de las expectativas, en el público, en los rivales. Sólo tuve una sensación de emoción en el último lanzamiento, cuando me di cuenta de que únicamente faltaban dos competidores. Ahí dimensioné lo que sucedía. Y no salí celebrando. Salí pensando: ‘Chingá… se me fue el bronce’. La gente estaba más emocionada que yo. Yo ya estaba pensando en lo que iba a hacer el próximo año”, recuerda el atleta.

A principios de 2016, Diego del Real ni siquiera tenía la marca de 77 metros que la Federación Internacional de Asociaciones de Atletismo (IAAF) puso como parámetro a los lanzadores de martillo. En 2015, cuando en Nuevo León comenzó el trabajo intenso con los atletas del estado que irían a Juegos Olímpicos, Del Real no fue considerado. Las probabilidades de que clasificara eran casi nulas. Su mejor marca era 72.66 metros.

No se autocompadeció. El proyecto de su entrenador, el cubano Alejandro Laberdesque, indicaba que el atleta estaría listo para los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. Sus marcas desde 2010, cuando participó en los Juegos Olímpicos de la Juventud, en Singapur, trazaban ese camino. Trabajaron sin descanso hasta que el 26 abril, en una competencia en Querétaro, lanzó 77.49 metros. Para atleta y entrenador ese resultado no fue una sorpresa, sino la consecuencia de seguir un plan para hacer estallar su potencial antes de tiempo.

Desde 2012, parte de su formación como atleta ha sido la atención psicológica. Diego del Real aprendió a controlar sus emociones. Sabe que suena imposible, pero dice que dejó de ser subjetivo y se convirtió en una persona objetiva. Una especie de sujeto-objeto. Tiene activado el mecanismo “siempre-querer-más”. Eso lo hace minimizar sus resultados. No se siente un fuera de serie. “Ni cuando sea campeón del mundo me voy a sentir nada”. Será sólo un objetivo cumplido.

“Resuelvo las situaciones que se presentan y que podrían alejarme de mis objetivos. Si tengo una lesión, voy a que me atiendan. No digo ‘pobre de mí; deja lo tuiteo y publico que estoy lastimado’. Mi objetivo no es que la gente se entere, sino que en Tokio 2020 suene el Himno Nacional de México. La verdad, no quiero inspirar a nadie, mejor genero un espacio donde, si es tu objetivo hacer lo que yo hago, pueda ayudarte a conseguirlo.”

Laberdesque comenzó a entrenar a Del Real cuando era un niño de 13 años al que debía mirar volteando hacia abajo. El pequeño solía repetirle: ‘Coach: usted y yo vamos a hacer grandes cosas’. El entrenador le palmeaba cariñosamente la cabeza y le respondía con un “Sí, mijito”.

“Él ha destacado porque es muy tesonero. Me fue demostrando que esas palabras eran ciertas. Una vez se cayó de cara y se partió el paladar. Con la boca llena de sangre, se levantó a seguir lanzando. Se aguantó. Siempre tuvo predisposición, era muy echado para adelante. No le daba miedo nada. Su talento es su cerebro, no es el físico”, dice el instructor.

Del Real coincide: “Mi única habilidad especial es mi persistencia en la mente, físicamente no tengo dones. Todo es mi trabajo. En mi cabeza no cabe la idea del fracaso. No concibo la idea de no llegar a un objetivo. Ahí está mi principal talento. El trabajo psicológico me dio la claridad en mi camino. Me dijo dónde estaba y hacia dónde iba”.

A los cinco años, Diego comenzó a jugar futbol americano. Estaba en un equipo local llamado Potros y luego llegó a los Auténticos Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL). Soñaba entonces con llegar a la NFL. En su radar apareció Alejandro Laberdesque, un señor con acento raro. El entrenador ya lo había visto. Descubrió que tenía rapidez y coordinación. Y tenía 13 años, la edad perfecta para aprender la técnica del lanzamiento de martillo.

Laberdesque lo engatusó. Le dijo que si quería llegar a la NFL tenía que aprender a lanzar el martillo. El niño le creyó. No sabía que en realidad el cubano estaba en busca de alguien de sus características para prepararlo para Singapur 2010. Su hermano mayor entrenaba con Laberdesque. Él le dijo que Diego cubría el perfil.

“Yo no entendía qué tenía que ver el futbol americano con el lanzamiento de martillo, pero comencé a entrenar. La labor de mi entrenador fue que me enamorara de esta especialidad, que es muy poco común. Decidí quedarme cuando vi las oportunidades. No me dejé guiar por el sentimentalismo. Sí, era una vida dedicada al futbol americano de los cinco a los 15 años, que fue cuando renuncié. Supe que para llegar a la NFL se necesitaban muchas otras cosas que no dependían de mi capacidad física, y éste es un deporte individual y la responsabilidad es mía. Yo tengo el control. Me gustaron esos factores: yo soy el que controla mi resultado.”

Era 2007. Del Real pesaba 62 kilos. Además de aprender la técnica de lanzamiento, comenzó con un proceso de alimentación, consumo de proteína y trabajo físico. Comer bien y dormir mejor. Durante el sueño se libera la hormona del crecimiento humano. Hoy pesa 106 kilos y 58% de su cuerpo es masa muscular activa. La circunferencia de sus muslos es de 115 centímetros.

Él lleva nueve años arrojando el martillo. No ha terminado de perfeccionar la técnica. Está consciente de que necesita echar mano de las ciencias aplicadas al deporte. Durante todo este tiempo nunca le han hecho un análisis de biomecánica. Dice que en breve agregará ese elemento a su entrenamiento.

El lanzamiento de martillo es una disciplina en la que la clave se encuentra en la aceleración del objeto. Y la técnica depende de las características de cada atleta. En el caso de Diego, que mide 1.88 metros, debe flexionar más el cuerpo para ajustar su centro de gravedad.

“Diego tiene el talento de acelerar constantemente el martillo. No hay que confundir la fuerza con la rapidez. Una persona fuerte no necesariamente lanza más lejos. Hacemos un trabajo de potencia. Diego es muy rápido desde niño. Lo eduqué con un método que se llama la velocidad del campeón. El reto es lanzar un martillo de dos kilos hasta que llegue a la barda que se encuentra al final del campo de lanzamiento. No deja de intentarlo hasta lograrlo. Luego con uno de seis kilos. Y lo mismo.”

Diego del Real da cuatro giros antes de lanzar el martillo. El diámetro del círculo de lanzamiento mide 2.13 metros. El pie del deportista mide casi 30 centímetros. Calza del número 13. Debe tener eso en cuenta para no salirse y cometer una falta. El martillo es una esfera de metal unida con un cable de acero a una empuñadura. En el caso de los hombres, pesa 7.26 kilos.

En los entrenamientos, Diego del Real trabaja con martillos de 12, 14 y 16 kilos. Debe hacer cientos de repeticiones con ellos. También usa otros ligeros, de unos cuatro kilos.

“Dependiendo de la fase de entrenamiento es el número de lanzamientos pesados o ligeros que hace. Ahora estamos con unos 90 lanzamientos pesados con martillo de 12 a 16 kilos, dando una o dos vueltas. Le enseñé a hacer una valoración de cómo se siente cuando entrena para ajustar las cargas de trabajo. Si él ejecuta, tiene que conocer su cuerpo y saber qué es supercompensación, sobreentrenamiento. En los países en desarrollo los atletas lo saben. Tenemos un sistema de entrenamiento durante tres semanas y en la cuarta hacemos controles físicos, técnicos, médicos y psicológicos. En otras etapas es diferente.”

La UANL es la cuna de Diego del Real. En su campo se construyó su carrera deportiva. Hasta antes de que calificara a los Juegos Olímpicos, esta universidad cubrió todas las necesidades del atleta. Y Alejandro Laberdesque es empleado de esa institución.

La inteligencia tras la fuerza

Laberdesque también fue lanzador de martillo. Se formó en la escuela soviética, en los tiempos de la Guerra Fría, cuando los países del bloque socialista y del capitalista peleaban por la supremacía en todos los aspectos.

El boicot soviético le impidió asistir a los Juegos Olímpicos de Seúl 88. En 1986 la autoridad deportiva de su país le pidió convertirse en entrenador. Le dolió hasta el tuétano. Pero la realidad se le paró enfrente. Para Barcelona 92 tendría 36 años. Nada tendría que hacer como deportista entonces.

Cuando llegó a Monterrey comenzó la escuelita de lanzamiento de martillo. En un par de años, Nuevo León comenzó a dominar esta prueba en la Olimpiada Nacional. Y en las Universiadas, los Tigres de la UANL devoraban las medallas.

¿Por qué nadie antes de Diego del Real alcanzó una cima tan alta? Laberdesque explica que nadie tuvo su mentalidad ni fue tan disciplinado. Cuando en 2015 el muchacho se le acercó y le dijo que no podía esperar hasta el próximo ciclo olímpico, el entrenador no le cortó las alas. “Lo dejé que volara. Es que si uno no le lanza piedras a la luna, si no pones esto en tu mente, jamás tu físico te va alcanzar. Es la predisposición de la que le hablé”, apunta el cubano.

Pensar que Diego del Real alcanzara la marca de 77 metros movía a la risa a algunos. De los 32 lanzadores que participaron en los Juegos Olímpicos de Río 2016 sólo los tres medallistas la rebasaron. Los lugares cinco al 12 estuvieron entre 75.97 metros y 72.28.

Cuando la IAAF vio que sólo 17 lanzadores de martillos clasificaron a Río, entonces comenzó a invitar atletas que habían registrado 75 y 76 metros para completar el número de participantes. Pero el mexicano no iba a recibir una wild card (dicho pase especial). Del Real estaba obligado a dar la marca.

Cuando finalmente la alcanzó, la Federación Mexicana de Asociaciones de Atletismo (FMAA), de acuerdo con la Jefatura de Misión, determinó que la marca mínima para inscribir a un lanzador de martillo era de 78 metros. Era un exceso. Al cabo de los meses, sólo el campeón olímpico pudo alcanzar esa distancia.

“Hubiera sido un error grave que no dejaran a Diego ir a los Olímpicos. Y ahí está. Cuarto lugar. Forzarnos a dar esa marca de 78 metros fue finalmente lo que nos permitió mejorar tanto.”

Se trazaron metas. Para los Juegos Panamericanos de Toronto 2015, Diego del Real pesaba 101 kilos. Laberdesque le dijo al nutriólogo que necesitaba subir unos tres o cuatro kilos de masa magra. Diego tenía que fortalecer los músculos de la espalda y piernas. Coincidió con que terminó la carrera que cursaba en la UANL y se consagró a su deporte.

Durante meses entrenó jornadas agotadoras de doble sesión al amanecer y de noche. El calor de Monterrey le impedía entrenar en otros horarios. Muchas veces pasaba de la media noche y seguía en el campo. Otras tantas regresaba de un viaje y entrenaba al día siguiente. Su día de descanso a la semana consistía en correr un poco o realizar estiramientos. No había tiempo para la familia. Menos para los amigos. En siete meses, Diego del Real ya había subido a 105 kilos. Estaba listo para los Juegos Olímpicos.

El reto de la validación

“Hay un blog de un europeo que escribe sobre lanzamiento de martillo. No me puse el saco, pero sentí la pedrada. Hablaba sobre las marcas ficticias. Hacía una descripción de que había atletas de países que nunca habían figurado en esta especialidad y que curiosamente habían dado la marca, estando muy lejos. Yo dije ‘Eso coincide conmigo’. Estaba dudando de mí.

“Al llegar a Juegos Olímpicos yo le buscaba las caras a muchos que eran mis ídolos. A muchos era la primera vez que los veía, que me enfrentaba a ellos. Ni me saludaban. Ni me hablaban. Cuando llego a enfrentarme con esos leones y les gano a varios, como al excampeón olímpico de 2012, el húngaro Krisztián Pars, que quedó sexto (75.28 metros), eso me ganó el respeto y la credibilidad de ellos. Después ya hasta me hablaban.”

Hoy, Del Real es el mejor prospecto de medalla para México para los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. Sigue en una etapa de desarrollo y perfeccionamiento atlético. Su nutriólogo dijo que le falta aumentar masa muscular. Debe pesar 110 kilos. El lanzamiento de martillo es pura física. En deportes de potencia la rapidez es fundamental. La rapidez se traduce en distancia, y el atleta está pensando en una marca de 80 metros.

Por lo pronto, Laberdesque ya habló con el rector de la UANL. Le pidió que amplíe el campo de lanzamiento, porque los martillos ligeros Diego del Real los vuela o los incrusta en la barda que ya está llena de hoyos. Del otro lado hay un campo de futbol y un pasillo por donde pasan personas. “No vaya a matar a un cristiano”, se preocupa. Entrenar “frenado” por temor a lesionar a alguien bloquea el desarrollo deportivo.

El atleta regiomontano sabe que su potencial alcanza para participar a dos o tres Juegos Olímpicos más. En cuatro años, cuando tenga 26, estará en plena madurez, comenzará a alcanzar unos niveles de fuerza extraordinarios y, cuando cumpla 30, para los Olímpicos de 2024, estará a punto, asegura Laberdesque.

“Voy por dos o tres ciclos olímpicos, pero siempre con la mira en el oro olímpico en Tokio, no puedo pensar en menos. Pienso en marcas, lanzar lo que esté por encima de 80 metros, porque eso me pone entre los 50 mejores de todo el mundo, de todos los tiempos. Los parámetros indican que podemos llegar.”

Este año, el atleta competirá en el Campeonato Mundial de Atletismo en Londres, en agosto próximo. Ya no será el mexicano de la “marca ficticia”. Es Diego del Real, el cuarto lugar olímpico.

 

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