Crónicas de coronavirus 10, ¿decima de?

Crónicas de coronavirus 10

Ricardo Urquidi

Sobre los cabellos de Achero Galván Izado cae el agua de la regadera, sus manos detienen que le tape los ojos, en la frescura del liquido busca respuestas que calmen su ansiedad, su incertidumbre ante la contingencia del coronavirus, Achero y Zoila conforman un matrimonio de clase media,  ya con más de cincuenta años a cuestas, tienen un hijo de treinta en años en Poughkeepsie, Nueva York, un pueblo cercano a la ciudad que nunca duerme; Aitor Menta, ya con mas de diez años trabajando en el sector eléctrico, soltero sin ataduras, sin compromisos, sin responsabilidades como todos los jóvenes de hoy, cada año viene a México a saludarlos o bien ellos se trasladan a los contrastes, la Ciudad de Nueva York con su vorágine y la quietud de Poughkeepsie con mas de 30 mil habitantes.

El matrimonio parralense por propia voz de su hijo se acaba de enterar que dio positivo al COVID 19, la noticia les impacto, como primera reacción fue de negación, de ser una broma de su hijo, pero no, la realidad les dio una bofetada, las noticias que a diario les llegaban de Estados Unidos, eran alarmantes, la Gran Manzana se adjudicó por el caso de contagios como el epicentro de norteamericana en torno al coronavirus, al principio conforme transcurrían los días se tranquilizaban porque Aitor Menta, no era muy propenso a visitar la sede de los Yankees de Nueva York, ahora desde un hospital reciben la triste noticia.

Su primera reacción fue hacer maletas, reservar un vuelo que los llevara a Nueva York, pero no pueden pasar la frontera y si así lo hicieren no hay vuelos, están acorralados, Aitor Menta es su único hijo, su orgullo, su legado, un mar de emociones, razonamientos chocan en la mente de ambos, Zoila ya van varias veces que suelta el llanto en la soledad de su casa, ya tienen diez días en aislamiento, solo han salido por lo necesario, aprovechando que los super mercados están abiertos las 24 horas, van a las doce de la noche a comprar víveres y comestibles, en su aislamiento se han saturado ya de información, tratando de llevar la calma no se han dado cuenta que en ellos ya hay un psicosis, que es alimentada por la noticia.

Achero sale del baño, la suavidad de la toalla le da una calma momentánea, para empezar con la rutina de vestirse, al llegar a la recamara, ve a Zoila su esposa abatida: “Porque a mi hijo?”, “Y porque no?… nadie tiene la culpa, bien nos pudo haber dado a nosotros y Aitor Menta estaría igual que nosotros, sin poder viajar, sin estar al lado de nosotros… es joven se va a recuperar, ten fe”, suplica el Patriarca de la familia tratando de consolar a su esposa que se hace preguntas y no encuentra respuestas.

El coronavirus para la familia, ya tiene traje, a veces es la muerte, a veces es la impotencia, a veces se disfraza de esperanza y al final de los pensamientos no hay nada tangible, algo que les de certeza, Achero apaga el televisor, las noticias informan que en Nueva York hay un promedio de 700 muertes diarias, “Mi hijo no esta en Nueva York”, se repiten una y otra vez para convencerse que no están viviendo una pesadilla, como toda Madre quisiera estar hablando cada hora con su hijo, pero solo le permitieron una llamada, la próxima que reciban va a ser el alivio o la fatalidad.

El claustro para ellos tiene una distancia de mas de 3 mil 800 kilómetros, es inmenso como el Atlántico, sus horas de quietud se perdieron por el auricular, viven su problema aislados, a nadie se lo han comunicado, ni a los abuelos de Aitor Menta, creen que al desahogarse la cadena de llamadas hacia ellos actuaran como un taladro incesante de angustia, de tormento, su problema tiene cuatro paredes y dos mentes, que cavilan para terminar en lagrimas que recorren sus mejillas, el coronavirus adquiere otra cara: “Mi hijo tiene la vacuna contra el sarampión… le va ayudar”, se repite una y otra vez Zoila, “Mi Hijo no esta en los grupos vulnerables”, en una oración constante se debate el matrimonio, los víveres comprados ni son tocados, no hay hambre, hay necesidad de aferrarse a un mástil en la tormenta mas espeluznante en alta mar.

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