Pipo El Sordo 3

Pipo El Sordo 3

Ricardo Urquidi

En ese devenir, que implica vivir en la pobreza, con discapacidad, con un sistema educativo que pretende ejercitar solo la memoria y no el razonamiento, con la ignorancia de sus tutores, con una sociedad que no cobija a los seres extraordinarios en los dos extremos del intelecto, así transcurrió la primaria de Pipo El Sordo, con burlas, con marginación, con maestros ajenos a la vocación social de su magisterio, en una soledad en el aula, que desaparecía al llegar a casa, con dos seres infinitamente tiernos con el regalo que Dios le había enviado.

Absorto en su silencio por temor al señalamiento, al entrar a secundaria, Pipo El Sordo captó la situación económica familiar y decidió ayudar al sustento de su familia uniéndose al ejercito infantil que puebla las calles de México, abrigo la humilde profesión de voceador, solicitando vender periódico en El Sol de Parral, tal vez para cambiar de ambiente, tal vez para alejarse de todos sus compañeros de clases que lo acosaban, tal vez para tener oportunidad de vender periódico por las mañanas, tal vez por la suma de todas las razones existentes, le pidió a Doña Rosario que lo cambiará al turno vespertino.

La nueva experiencia lo metió en una nueva dinámica, antes acostumbrado a ir de la casa a la escuela y viceversa, hacer la tarea, jugar con sus padres, para después buscar en las casas de los vecinos, alguien que tuviera televisor para pedir asilo y disfrutar junto con ellos de la caja idiota, de un mundo lejano a su casa, lejano a su realidad, ahora por las serpentinas que marcan las calles de Parral, con su ojo agudo, con ese instinto de supervivencia, empezó a registrar en su mente cada callejón, cada calle, cada plaza, cada colonia de su recorrido diario, para no perderse, para regresar sano y salvo a casa y darle a Doña Rosario y Don Lupe, la confianza suficiente de que era capaz de valerse por sí mismo.

A pesar de su timidez nata, Pipo El Sordo, empezó a ganarse a todos los que en su trayecto se encontraba y más aún, sin ser un joven pulcro, con evidentes señales de pobreza,  con una vestimenta más que modesta, gracias a su sangre liviana, la gente lo empezó agregar a su paisaje urbano, con disposición le compraban el Sol de Parral, lo saludaban, al principio extrañados por la nula respuesta a su cortesía, investigaban la razón del aislamiento de nuestro personaje, para luego conocer por terceros que era sordo, ese solo hecho provocó en la mayoría una amalgama de sentimientos, que iban desde la compasión, lastima, simpatía  y en pocos actitudes de discriminación, de rechazo, de burla.

Los adultos fueron para Pipo, un alivio, un descanso, un cambio radical entre lo que vivía en la escuela y lo que su trabajo le producía, su sordera sin ser total, le permitía oír sutilmente lo que se decía de él, aquellos crueles y con pretensiones de humillarlo, los evitaba, los que lo acogían con agrado, con naturalidad, los procuraba, la nobleza de su profesión le permitía que a veces le regalarán el cambio, le regalarán ropa, zapatos, los que más interiorizados estaban con su problemática, no tan solo física sino económica, le regalaban comida, otros más atrevidos lo invitan a desayunar.

En la tarde cansado, pero con un estómago lleno, seguía en el silencio, asimilando conocimiento, discreto, sin llamar la atención, al llegar a casa se relajaba, su hogar era su refugio, ahí no existían inhibiciones, con júbilo se expresaba sin temor a una burla, se desenvolvía con toda la confianza, les platicaba torpemente a sus padres de todos sus nuevos amigos, quienes eran los remitentes de los regalos que recibía, muy pronto los supero en intelecto y los papeles cambiaron, al realizar las tareas que le encargaban, Doña Rosario y Don Lupe atentos escuchaban en qué consistía la tarea, a sus escasos catorce años, Pipo El Sordo, sin pensarlo se convirtió en el maestro de sus propios padres y sin quererlo en el principal pilar de la familia.

Así llegó la graduación de secundaria y la despedida de Pipo El Sordo de los estudios, sin lugar a dudas podría cursar el bachillerato, pero su pobreza, su condición, su miedo por enfrentarse a una sociedad sin las armas que marcan los cánones, anido en su mente la nula esperanza de abrigar la posibilidad de una carrera profesional y cursar la preparatoria era alimentar esa idea, por lo que en ese mundo silencioso que lo protegía de preguntas, de retos, decidió por voluntad propia seguir vendiendo periódicos y darle en la medida de sus posibilidades descanso a sus Padres, agotados por el cansancio y la pobreza.

Continuará…

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