Pipo El Sordo 12

Pipo El Sordo 12 

Ricardo Urquidi

Desde hace rato, Pipo el Sordo en sus recorridos vendiendo periódico y ahora lotería, quiere darse el lujo de entrar a un restaurante, sentarse como cualquier comensal y como todo un adulto con presencia, con autoridad, pedir un desayuno, durante toda la vida de reojo, en las diferentes fondas de Parral, ya sea en el Hotel Moreira, en la Plazuela Morelos, en el JQuissime,  en el Chihuas, en el Hotel Chihuahua, en Tacos Chagos,  al ver a los clientes degustar los platillos se imaginaba a él y su familia, alegremente comer una comida corrida, en su mente navegaba la idea de que comer fuera de la casa, era uno de los lujos más añorados por cualquier mortal.

Ahora que sus ingresos iban en aumento gracias a sus ventas de cachitos de lotería y como buen matemático que se preciaba ser, con satisfacción, pero a la vez con remordimiento, una y otra vez se metía la mano al bolsillo, rascaba las monedas, los billetes tratando de justificarse así mismo el lujo que quería darse, sin pensarlo dos veces, se dirigió a el Sol para liquidar su dotación y emprendió el camino a casa.

Al llegar Doña Rosario y Don Lupe, extrañados por ver tan temprano a su hijo en casa, lo primero que hicieron fue preguntar: “Que paso Hijo, porque llegaste tan temprano?”, tratando de encontrar la palabras para que su propuesta no fuera rechazada, Pipo los invita: “Pues que vendí un premio chiquito de lotería y me dieron una gratificación”, los tres abrazándose por lo que significaba y ahora más intrigados los Padres de Pipo, vuelven a preguntar;: “Cuanto te dieron?”, “Me dieron trescientos pesos”, “Y le diste las gracias hijo?… a quien le vendiste el premio?…” las preguntas se agolpan en la boca de Doña Rosario, “Si Mama, fue un señor de la Jesús García… y ahora cámbiense de ropa y vámonos a comer, que yo los invito”, asombrados los dos, solo tienen una cara de asombro para su hijo, Pipo advierte la duda y se adelanta: “Vamos a comer, nunca hemos ido y ahora creo que nos lo merecemos”, más cauto, Don Lupe reflexiona: “No crees que ese dinero lo podríamos utilizar en una estufa de leña nueva hijo?”, ante tal contundencia de necesidades, Pipo sabe muy bien que ya el fondo de la estufa, está presentando orificios que denotan su antigüedad y es urgente una  nueva.

Pipo duda, en su interior pesa sobre su conciencia la mentira de una recompensa de un supuesto premio, pero aun así insiste: “Vamos a comer, yo nunca les he regalado nada y ahora se me ocurrió ir a comer, vamos a darnos ese pequeño lujo, lo que sobre lo dejamos para la estufa”, con ojos que suplican una aprobación, Pipo se les queda viendo, Padre y Madre se quedan en silencio, la encrucijada de una necesidad y un regalo, está en la balanza de una decisión, que pareciera fuera de vida o muerte, de salud o enfermedad, después de varios segundos que parecieron eternos, Doña Rosario, la que al final de cuentas en el hogar dice la última palabra, dice con voz apagada: “Pues vamos Lupe, al cabo ni teníamos dinero para el abono de una estufa”, ante tales palabras, Pipo se entusiasma y antes de cualquier cosa invita: “No se diga más, cámbiense y nos vamos a comer”.

Ya sentados en una pequeña mesa, de una humilde cocina económica, en una noble casa de la Colonia PRI, como todo anfitrión que invita y quiere agradar a sus invitados, Pipo tratando de parecer muy natural, pide a la señora encargada de atender las escasas mesas que hay: “Nos trae tres refrescos por favor”,  Doña Rosario y Don Lupe, tímidos a rabiar, no encuentran su lugar, Pipo vuelve a tomar el liderazgo de la experiencia, “Mira Mama, hay caldo de res, arroz, guisado ranchero y de postre gelatina… pedimos tres comidas corridas, están a cuarenta pesos cada una”, Don Lupe apresurado aprueba, “Si hijo pide tres comidas corridas”.

Con infinita paciencia los tres saborean el puchero de res, aderezado con arroz y limón, tratan de extender al máximo la tarde, con las tortillas dejan más que limpio el plato de cualquier indicio de un exquisito estofado, con los labios saborean  el postre sabor fresa, jamás en su vida habían vivido tal experiencia y ahora la disfrutaban al máximo, de pronto se les olvida todo, la estufa de leña, son a fuerza de felicidad una familia afortunada.

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