Pipo El Sordo 18

Pipo El Sordo 18

Ricardo Urquidi

Agregando una rutina más a su día, contento, feliz por ser correspondido, Pipo El Sordo a diario a la llegada del camión, a veces a la hora de la comida y en la tarde cuando Valentina regresa a casa después de una jornada de trabajo, la acompaña, para fortuna de él, su Dulcinea es que como se la había imaginado, gracias a ella ve en su vida una nueva perspectiva, su relación ha crecido en forma pausada, sin prisas, por cordura Pipo no ha ido más allá de una plática común, para empezar no sabe cómo declarársele, decirle, pedirle que sea su compañera, por primera vez la timidez de su esencia es una fiel compañera, afortunadamente la imagen que tenía Valentina en torno a su sordera, a su capacidad intelectual ha desaparecido, así enfrenta esta nueva etapa de su historia.

Su estado de ánimo se ve reflejado en su caminar, en su postura, en la forma que ofrece el periódico, los cachitos de lotería, es en pocas palabras: feliz, piensa nuevamente en su proyecto para inscribirse en la preparatoria nocturna, quiere compartir todos sus planes con Valentina, impulsarla también a ella para que estudien juntos, se realicen juntos pero la cordura lo detiene, quiere estar seguro de dar el siguiente paso.

Así llega al local de Acacio, del ramo de las hierbas naturales, de vocación esotérica, la primera impresión que da al verlo, es de una persona desconfiada, de difícil acceso, Pipo ya lo conoce y sabe de sus actitudes, por lo que solamente llega y le ofrece El Sol, “Como le va joven?”, “Bien y usted?”, se contestan de cortesía, “Aquí leyendo que Javier Corral ya no puede hablar… Gracias a Dios que lo callo”, con una carcajada gruesa remata su comentario, Pipo no lo sigue en su sarcasmo y pacientemente espera que le pague, el olor del local impregnado por el aroma en conjunto de todas las hierbas y menjurjes, no es muy de su agrado, por alguna razón se acuerda cuando se enfermó del estómago a consecuencia de tanto remedio que le dieron para la gripe.

“Mira nomas el atleta  este que fue a los Juegos Olímpicos que ahora como directora del deporte nacional, es más corrupta que los anteriores”, Acacio se pasa a otra nota: “Mata a su marido porque piso el piso cuando estaba trapeando”, Pipo ignorante de tales acontecimientos no lo cree y se acerca para leer las noticias, lo comprueba y voltea ver asombrado a Acacio, “Bien me decía mi Mama, escoge muy bien con la que te vas a casar, porque ahora te matan y en pleno Día de San Valentín”, interiormente estremecido, de inmediato Pipo piensa en Valentina, sin lugar a dudas no es el caso, “Yo por eso no me case, aquí estoy libre como una palomita, a nadie le doy razón de mis actos, nadie me grita, duermo solo sin el enemigo”, Pipo lo ve con desagrado, su estado emocional rechaza cualquier argumento que vaya en ese sentido.

De pronto Acacio, busca entre su archivo, un documento, Pipo fastidiado por los comentarios de su cliente, ya no quiere estar ahí, no le parece sano, “Ya hallé lo que te quería enseñar, léelo así empiezan todos los matrimonios:

ÉL: ¡Sí!, Por fin. Que duro fue esperar.
Ella: ¿Quieres dejarme?
ÉL: ¡NO! Ni siquiera lo pienses.
Ella: ¿Tú me amas?
ÉL: Por supuesto, una y otra vez
Ella: ¿Alguna vez me has sido infiel?
ÉL: ¡No! ¿Cómo te atreves siquiera a preguntar eso?
Ella: ¿Me besarías?
ÉL: En cada oportunidad que tenga
Ella: ¿Te atreverías a golpearme?
ÉL: ¿Estás loca? No soy ese tipo de persona
Ella: ¿Puedo confiar en ti?
ÉL: Sí
Ella: ¡Mi amor!”

En silencio Pipo lo termina, con picardía Acacio le dice: “Ahora léelo del fin al principio y así terminan los matrimonios”, intrigado Pipo lo vuelve a leer con las indicaciones:

“Ella: ¡Mi amor!”

ÉL: Sí

Ella: ¿Puedo confiar en ti?

ÉL: ¿Estás loca? No soy ese tipo de persona”

A Pipo le bastan esas cuatro líneas, enojado ya no quiere seguir leyendo, con una mirada fulminante, voltea a ver a Acacio, que con una sonora carcajada le extiende la mano con el pago de El Sol.

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